domingo, 23 de octubre de 2011

A-I


A media voz te digo lo que siento
en este atardecer en que la brisa
se descuelga del cielo y va, sumisa,
imitando las fábulas del viento.

A media voz te digo, todo aliento,
que mi sangre palpita, indecisa,
cuando capta los ecos de tu risa
y el río rumoroso de tu acento.

Decirte más quisiera yo, mi amor,
pero mi voz se quiebra, se me anuda
en las fronteras húmedas del llanto.

Y mi alma se debate en el temblor,
en la feraz colmena de la duda
para gustar la miel del desencanto.

© ÁNGEL CAZORLA OLMO

PALABRA


No te diluyas, palabra,
de libertad que pronuncio.
Deja que el viento te lleve
a los confines del mundo
y que el viento te devuelva,
ya convertida en susurro,
para volverte a guardar
en mi corazón desnudo.
No te diluyas, palabra,
amorosa que traduzco
de las verdades escritas
en ningún libro, en ninguno
de tantos conceptos falsos
como en mi grito denuncio
de las maldades pasadas
y las que guarda el futuro.
No te diluyas, palabra,
de concordia que degusto
como se degusta el vino
del corazón absoluto.
Rebosante de amor quiero
que, en un pequeño diluvio,
salpiques otras conciencias
de pensamientos confusos.
No te diluyas, palabra
de paz que en este crepúsculo
quiero elevar hasta el cielo
con ojos, labios y puños,
para que llegue vibrante
a donde habitan los justos
y se haga piedra y perdure
como perduran los mundos.


© ÁNGEL CAZORLA OLMO

ELEGÍA AL VIENTO


Confíaselo al viento.
Tu ardoroso quejido,
albo de palomar,
extiéndelo en la noche
y no lo recolectes
hasta que la ancha brisa,
de rubio amanecer,
te lo devuelva intacto
de estrellas sucumbidas.
Al viento, dile al viento
qué verbos conjugaste
en el quid de su rosa
cuando tu nuevo ensueño,
de voz por estrenar,
irrepetiblemente
endulzaba mi boca
en mutilado afán
que tú misma engendraste
en la palabra siempre
o en la palabra amor

Confíaselo al viento
y piérdete conmigo
en la vieja clepsidra
que trasvasa las aguas
de mares navegados
cuando el mundo eras tú,
y las espigas eran
una vaga promesa
para el rojo tesón
de la roja amapola.
Adéntrate en la lluvia,
gris de mi pensamiento,
y permanece inmóvil
como un árbol simbólico,
de frutos prohibidos,
para mi sed eterna
de eterno caminante
que recorre senderos,
inconcretos de olvido,
más allá de la nada.

Confíaselo al viento.
Cuéntale que tus músicas
son vellones de espuma
en el ánfora herida
de las horas inciertas.
Anda y no temas, no;
mira que el viento en sí
es bostezo de palma
o lengua rutilante
que cauteriza el rictus
tatuado del dolor.
Yo no puedo correr
tras tu huella invisible
de luz desvanecida
en alas de penumbra.
Pudiera yo agarrarme
a las crines del viento
te alcanzaría, amor,
cuando pariera el alba
su rosicler primero.

Confíaselo al viento.
Evidencia la alcurnia
ancestral de tu pena
donde el cristal del agua
redacta su armonía
en largas peripecias
de vertientes y cauces.
Ay, viento, quién pudiera
fundirse en tu estatura
y cabalgar contigo
desde el azul del mar
hasta el coloquio vivo
de los picudos astros.
Esta noche saldré
a devanar recuerdos
y mojaré mi angustia
en la dulce caricia
que emerge de la piedra,
del rumor de las olas
y hace eterna la tarde.

© ÁNGEL CAZORLA OLMO