martes, 23 de agosto de 2011

MIS OJOS SIN TUS OJOS...


Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos,
que son dos hormigueros solitarios,
y son mis manos sin las tuyas varios
intratables espinos a manojos…

No me encuentro los labios sin tus rojos,
que me llenan de dulces campanarios,
sin ti mis pensamientos son calvarios
criando nardos y agostando hinojos.

No sé qué es de mi oreja sin tu acento,
ni hacia qué polo yerro sin tu estrella,
y mi voz sin tu trato se afemina.

Los olores persigo de tu viento
y la olvidada imagen de tu huella,
que en ti principia, amor, y en mí termina.

© MIGUEL HERNÁNDEZ
Imagen de tu huella
1934

¡VEN!



DÍAS INCIERTOS,
brumas,
aires sin sosiego.
Anhelos trastocados,
agua muda,
nubes de hielo.
Estrella errante,
furibundo cielo.
II
¡Ven! ven a mí.
Abrázame,
Déjame arrullarte.
Háblame.
Cuéntame.
Susurra bajito
tus deseos.
Soy reposo,
espejo.
III
Tengo luz,
calma,
silencio.
¡Ven!
Toma la estrella,
cometa al fin.
Te lo entrego.
IV
Súbete a ti.
Sigue el rastro,
persigue la estela.
Azul en azul.
Desde la mar
estoy dibujando
un sueño.
© Ana I. Hernández Guimerá




















EL CABALLO DE LA TARDE



EL CABALLO DE LA TARDE

                        galopaba por la arena.
Corre, corre
cara al viento
con el sol  testigo cierto.
                                Pero el sol se hizo luna
y el caballo la miró,
tristemente,
dulcemente,
de nuevo la luz buscó.
Corre ahora desbocado,
escúchalo,
míralo,
¡viene!
Sus coces dan en el alma,
fuertes,
duras,
busca la paz que no  tiene,
por sus huellas,
por el aire...
¡¡La esperanza lo mantiene!!
Ó Ana I. Hernández Guimerá
             

UNA QUERENCIA TENGO POR TU ACENTO


Una querencia tengo por tu acento, 
una apetencia por tu compañía 
y una dolencia de melancolía 
por la ausencia del aire de tu viento.
Paciencia necesita mi tormento 
urgencia de tu garza galanía, 
tu clemencia solar mi helado día, 
tu asistencia la herida en que lo cuento.
¡Ay, querencia, dolencia y apetencia!:
tus sustanciales besos, mi sustento, 
me faltan y me muero sobre mayo.
Quiero que vengas, flor, desde tu ausencia, 
a serenar la sien del pensamiento 
que desahoga en mí su eterno rayo.
©MIGUEL HERNÁNDEZ
De "El rayo que no cesa" 1935